Esta habitación, la que
sea. Es cien, mil veces la misma.
Cuatro paredes de
perfecta simetría.
Y el espejo de un
espejo es cada día.
De esta urna
invulnerable y rectilínea,
una ventana se abre,
como una herida.
Ahí fuera está la
tierra que palpita.
Ahí fuera, Euro y Siroco
columpian danzantes
golondrinas.
Ahí fuera, el aire no
tiene esquinas.
Se derraman por el
cauce del arroyo,
cristalinas corrientes odaliscas.
Arpas de oro que recitan:
“Que la luz y luego la
sombra.
Que la noche al día
persigue.
El mundo como una
peonza
viaja cargado de
jardines,
de dunas, de tigres, de
barro.
Cargado de orillas, de
estambres, de plumas”
Mientras el mediodía se
abre paso
entre las ramas. Relumbra.
Llueve sol en tu pelo. En
el pasto.
